lunes, 22 de enero de 2018

Raul Prada

La travesía de Tupah
Raúl Prada Alcoreza










El cine, imagen-movimiento e imagen-tiempo, según Gilles Deleuze, es quizás el acontecimiento paradigmático de la modernidad, la expresión audiovisual se manifiesta en tramas, que se tejen en distintas capas entrecruzadas.  Ya no se trata de la trama expresada en la escritura literaria, tampoco de las composiciones musicales, que si se quiere corresponden a otro tipo de entramado, tonal y sonoro; sino tramas compuestas en imágenes, combinadas con acústica y diálogos, donde aparece, si se quiere, la herencia de la literatura. Entonces, se comprende la mayor exigencia en el cine respecto a conformar una trama y lograr una narrativa compuesta.  Lograrlo es toda una tarea titánica de coordinación, de componer precisamente la trama compuesta audiovisual y narrativa.

La película de Marcos Loayza Averno ha logrado esta hazaña. ¿Cómo podemos aseverar esto? ¿Cómo podemos corroborar lo que aseveramos? Primero, ¿qué es lo que vemos en la película? Fuera de las analogías que pueda haber con la mitología griega, que las hay, no solamente en esta película, sino en otras, nacionales e internacionales, así como en la recurrencia a este arquetipo en la literatura, lo más significativo en la película es lograr no solamente poner en pantalla el imaginario paceño, por lo menos, correspondiente a lo que interpreta como acontecimiento barroco de la ciudad de La Paz, enclavada en las montañas y acurrucada en sus sueños, pero también en sus misterios. Me animaría a señalar un barroco paceño, que obviamente ha venido cambiando con los tiempos, pero también una especie de surrealismo paceño, que rompe las fronteras entre lo real y lo ficticio. Pueden no ser muy atinadas estas definiciones, sin embargo, por ahí van, como aproximaciones interpretativas de las singularidades imaginarias de una ciudad que es residencia de entrelazamientos culturales y entramados pasionales.
Los escenarios urbanos del Averno son casi los escenarios configurados en la novela Felipe Delgado, ciertamente con la actualización al presente eterno, cambiante, sin embargo, repetitivo en su diferencia. Salvo uno que otro cuadro pictórico que muestra, mas bien, por donde se ha expandido la ciudad y es distinta. El personaje central Tupah, que alude al mito de Tunupa, por lo tanto, mito andino, no griego, incorpora este substrato simbólico, que reaparece con las menciones a Katari, a la serpiente de la maca-pacha, que se convierte en serpiente alada, es decir, de la alaj-pacha; Tunupa inmanente en la geología y Tunupa emergiendo volcánico. Aunque sea solo una alusión semántica, con el nombre del personaje, hay que tenerla en cuenta en la interpretación de la película.

El arquetipo de la mitología griega tiene que ver con nuestra pertenencia al mundo, el arquetipo andino de Tunupa tiene que ver con nuestra pertenencia a nuestro mundo, el singular; la manera cómo recibimos las herencias de la tierra y las culturas propias y las formas cómo las articulamos a las herencias que nos dona el mundo. Este es el encanto de toda singularidad, es propia y se integra a otras singularidades, las del mundo.

El tío es el personaje de la búsqueda, pero también el personaje que aparece al principio de la película, en el sueño de Tupah. La tarea encomendada a Tupah es encontrar al tió y traerlo para que toque en el entierro de un oficial de alto rango de la policía, que acaba de morir, apellidado Gómez. La tarea la encomienda, nada más y nada menos, que un funcionario del Estado, un funcionario oscuro del ministerio de gobierno. El fin parece pedestre, tocar en el funeral boleros de caballería, boleros que hacen llorar a coroneles y generales. El tío es un trompetista cotizado de una banda con prestigio.   Entonces, el fin deja de ser trivial cuando se trata de la muerte, de despedir a un oficial que ya se encuentra en el Averno y sus proximidades. Muchos muertos se citan con los vivos en el bar Averno, es donde se encuentran y quizás no regresan. Tupah regresa después de haber vencido al cuisillo, que, en este caso, el de la película, hace de demonio al que se tiene que retar a una lucha, de antemano perdida. Tupah lo vence y puede volver al bar para llevárselo a su tío.

Jaime Saenz aparece en la película, ineludiblemente en la noche, con las luces prendidas de la habitación cuya ventana da hacia la calle. Aparece como se lo presenta en algunas fotografías, con su manto de awayo, sus gafas, su barba y su estilo misterioso de habitar la noche; en una habitación atiborrada de artefactos, de artesanías y de símbolos, incluso cristianos como el de Santo Santiago y la cruz, que se hace visible, colgada en la pared. Los libros se acumulan en la biblioteca y las velas están prendidas cumpliendo con la ceremonia. Esta breve aparición del escritor de Felipe Delgado revela la conexión de los entramados de la película, sobre todo, en los diálogos, con la novela, que narra en claves del barroco cultural paceño y en reflexiones vitalista que hacen eco de los pensamientos intempestivos de Friedrich Nietzsche.

En la travesía de Tupah, que puede ser una odisea urbana, así como la odisea urbana de Ulises de James Joyce, así como la travesía de Orfeo, pero, también la travesía de Tunupa, sobresalen dos encuentros, con el Anchanco y con el Lari Lari. Los diálogos con Tupah recuerdan a las reflexiones del brujo de Felipe Delegado y del mismo Felipe de la novela. En este caso, son demandas dichas en forma de acertijos, por parte de ambos a Tupah, al que simulan quererlo ayudar en su comedido. Ambos personajes pertenecen al mundo oculto de donde provienen los aparecidos, en la forma que imagina la narrativa popular singular andina. La sorna y la ironía de estos diálogos o monólogos hacen paráfrasis con la ironía trágica y dramática de Jaime Saenz, en Felipe Delgado.

La persecución a la que es sometido Tupah, después de haber matado al “Príncipe de la noche”, en un combate imprevisto, en medio de la fuga de Tupah de su verdugo, el minotauro, por parte de las pandillas que quieren matarlo, aparece como amenaza y condena de ciertos dominios nocturnos, compensados con la presencia de otras fulguraciones nocturnas, que más bien lo ayudan y lo protegen en su travesía. No se hace reminiscencia exactamente a una lucha entre bien y mal, pues las ñatitas consultadas, las calaveras femeninas, le transmiten mensajes indispensables para que Tupah pueda culminar su travesía exitosamente. También el Tata Santiago lo salva de ser abatido por las pandillas que lo tienen rodeado en túnel que conecta San Pedro con Sopocachi. Se trata de la concurrencia entre las fuerzas que atraviesan la noche e impulsan sus desenlaces.

Como se puede ver, el guion no era nada fácil de realizarlo como cine, como imagen-movimiento e imagen-tiempo; sin embargo, con los recursos al alcance, incluyendo actores, el director ha logrado plasmar una narrativa compuesta, audiovisual y dialogal, integrando los distintos planos de intensidad en una secuencia figurativa de donde emana el sentido inmanente: la inseparabilidad de la vida y la muerte, la inseparabilidad de lo imaginario y la realidad.


Se pueden encontrar falencias en la exposición misma de la película, como la relativa a algunas actuaciones, pero estas son perturbaciones mínimas en la cinemática de la película. La integridad lograda de la composición se mantiene; la realidad y la ficción se cruzan constantemente, aunque haya solo islas descriptivas de la realidad, como cuando se presenta a la familia de Tupah, o haya islas alucinantes de, si se quiere, irrealidad, como las relativas a las últimas escenas, salvo el encuentro y los abrazos de los amigos, los lustrabotas del grupo de Tupah. Estas islas son parte del paisaje-movimiento, jugando con la metáfora binaria de Deleuze, paisaje social y paisaje subjetivo.   

Fernando Molina

En su última película, el director y guionista Marcos Loayza parte de una idea excelente: contar una historia que le permita usar y recrear parodicamente los espacios y los personajes del submundo paceño, cuya entidad es indudable y ya ha sido aprovechada en numerosas ocasiones, aunque en tono serio, por la literatura. 

La Paz cuenta con una poderosa mitología urbana que proviene eclécticamente de sus profundas raíces culturales –indígenas y cristianas–, así como de su obsesión por los disfraces y los seres del inframundo, y de su inveterada adicción al alcohol y la fiesta. Y esta mitología da para muchos diferentes tipos de aproximación.

Loayza tomó además la decisión, que también me parece buena, de intentar uno de los tipos clásicos de la narración de ficción: el viaje de conocimiento, solo que, una vez más, de hacerlo en clave paródica.

Como resulta típico en esta clase de narraciones, el protagonista es un muchacho (“Tupah”, interpretado por Palo Vargas), el cual, como un moderno Orfeo, debe atravesar el difícil camino al inframundo, es decir, pasar por todos los bares habidos y por haber, tanto imaginarios como vagamente históricos, para llegar finalmente al inframundo mismo, al bar el “Averno”, donde se encuentra un tío que quiere rescatar de allí. La alusión mitológica es evidente y, por casualidad, coincide con la que hace otro filme que se encuentra en cartelera, la megaproducción de animación “Coco”.


Una tercera decisión de Loayza –ya no tan afortunada– fue combinar el tono de la película, que en mi opinión debió haber sido paródico de principio a fin, con momentos que o no son nada graciosos ni burlescos por chapucería o no lo son por la pretensión de darle a la película un mayor rango artístico, es decir, tratándola como si de veras estuviéramos ante un viaje iniciático y no simplemente ante un divertimento en el que Loayza se solaza y se ríe con/de un conjunto de sub-religiones paceñas: el culto a los lustrabotas, el culto a Jaime Sáenz, el culto a los bares bizarros, y por supuesto el culto a alcohol, deidad primera del panteón paceño y boliviano. Esta imprecisión en el tono es la que impide una explotación más interesante de las situaciones humorísticas que propone la película, que podía haberla convertido en una divertida e interesante comedia.
La realización de los planes

Teniendo un material de gran potencial, que podía haber dado como resultado una película original y memorable, Loayza lo malgasta por culpa de dos cosas. Primero, su vieja debilidad --que sin embargo él, a lo largo de su ya extensa carrera, no ha querido corregir pidiendo ayuda de otros escritores-- que es su poca habilidad como narrador. Loayza es sin duda muy creativo, y eso se nota en la idea original y en los diálogos paródicos de la película, pero en cambio no logra que las diversas situaciones narrativas se presenten con fluidez y credibilidad (aunque sea dentro del marco onírico en el que pone a su obra al presentar como primera escena un exuberante sueño de Tupah).


Es notoria la ausencia de diálogos funcionales a la historia, en los que por ejemplo el protagonista se sorprenda por lo que está pasando, que es tan exótico pero a él lo deja impertérrito. Al mismo tiempo, muchos personajes gozan de omnisapiencia, es decir, están enterados a priori de quién es Túpah, qué quiere hacer, etc., lo que resuelve muchos problemas al guionista, pero al costo de socavar la necesaria complicidad del espectador, que también quiere “descubrir” lo que está pasando en la pantalla.

Lo anterior quizá no hubiera pesado tanto si no fuera por el peor problema de esta película (que después de “Engaño a primera vista” y “Las Malcogidas” creíamos ya superado): una actuación realmente amateur, sin ángel e incluso desastrosa de parte de demasiados actores (con algunas excepciones de nombres conocidos que sin embargo, la verdad, se notan poco). 

Es obvio que Vargas tenía la apariencia, pero no la capacidad histriónica adecuada para sostener un largometraje como éste. Es obvio que varios de los otros actores repiten sus líneas sin creérselas y hasta parece que sin entenderlas del todo. Lo que no es obvio es porqué, pese a eso, se decidió ponerlos en la pantalla “así nomás”.

¿Por qué el éxito?

Pese a lo señalado, la idea original es tan poderosa que sobrevive a los errores (yo no me aburrí en ningún momento mientras veía esta película), lo que se nota en la afluencia de los espectadores a este filme, que me parece terminará siendo uno de los más taquilleros de Loayza.

Lo que los espectadores disfrutan en especial es el ambiente de bajo mundo, muy bien recreado por los encargados del vestuario, de las locaciones, del maquillaje, que se merecen un aplauso aparte.
Los espectadores también hacen una lectura en clave “comedia popular” (riéndose porque alguien dice “tirar” o porque alguien se da un golpe en la cabeza) que desgraciadamente para ellos solo es plenamente posible durante los primeros dos tercios del visionado.

En suma, ¿qué decir? Un diamante mal pulido, que brilla todavía, pese a que está trizado. Dan ganas de sentenciar, con una salida fácil, que de “buenas ideas se halla tachonado el camino al Averno”.

Roberto Navía, El deber

Averno empieza con un sueño. La última película de Marcos Loayza es un sueño entre la vida y la muerte, un viaje que baja a tropel desde una ciudad altísima para encontrarse con una puerta que lleva al inframundo, a ese lugar mitológico donde moran los que ya se han marchado para siempre, quizá sin darse cuenta, quizá sin ser conscientes de que se han perdido el espectáculo ‘marquiano’ de ver pasar su entierro. 
Uno es espectador y también una sombra de Tupa, de ese muchacho que no ha caído en cuenta en qué momento ha zarpado del mundo real tal como se lo conoce. Porque allí donde está ahora, corriendo por su vida por las bajadas y subidas de la ciudad nocturna, se ha topado con fantasmas de viva presencia que no parecen fantasmas ni almas en pena, ni muertos vivientes ni ánimas intentando volver a sus cuerpos de carne y hueso.
Pero ahí donde está ahora ocurren cosas que, si uno hace memoria, moraban en los cuentos de nuestras abuelas, en esos que nos contaban bien tarde de la noche cuando la noche se hacía tarde después de la hora del té. No importa cómo se llamaban esos personajes o en qué escenarios ocurrían: quizá en las llanuras del oriente o en las montañas de los valles o cerca de las cornisas afiladas del altiplano o en un pueblo remoto de la tierra o en una ciudad tan La Paz como La Paz. Ahora Marcos Loayza los ha reunido para inmortalizarlos en el cine donde conviven boleros fúnebres y un santo que cabalga sobre un caballo que aparece por un túnel para salvar una vida, un bar donde los bebedores caminan sobre un piso inundado con cerveza porque a la hora de decir ¡salud! primero echan la bebida al piso y lo poco que sobran se lo meten por la boca. 
Entrar a Averno no es fácil, pero tampoco difícil, porque a Averno no se elige entrar. A Averno se llega y se baila con la música de todos los misterios, porque –decían nuestros abuelos y los abuelos de ellos–un limbo es así, un lugar donde todo es posible y, a la vez, nada: acaso, el fin de la eternidad y lo peor que puede pasar no es morir, sino darse cuenta de que uno está hablando con espíritus y que eso es posible solo si uno también está muerto, tal como ocurre en la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, cuando Juan Preciado va a Comala en busca de su padre para que le diera lo que le pertenecía por ser su hijo.
Averno es una película que nos lleva a los patios de los recuerdos, que resucita lo que se creía olvidado y un descubrimiento de una mágica historia que llega con la voz cinematográfica de Marcos Loayza, eternizada, quizá hasta el final de los tiempos.

miércoles, 17 de enero de 2018

Isabel Mercado

Siempre hay un presagio que nos advierte. Un sueño, una sospecha, una incomodidad que luego se diluye. De una forma u otra, sólo cuando la intuición se concreta se siente que la estábamos esperando. Es un alivio.

De alguna manera, esa sensación de momentánea plenitud me dejó Averno, la recién estrenada película de Marcos Loayza. Fue como si ese viaje que emprende el protagonista de la historia, Tupa, fuera mío. El viaje que tenía (que todos tenemos) postergado.

Aunque Loayza ha descrito su película como un filme de aventuras en una noche paceña poblada de personajes de la mitología urbana, Averno -como también él sostiene- tiene vida propia. Y esa es la vida que adopta en cada uno de nosotros cuando acompañamos a Tupa en su peregrinar nocturno en busca de su tío.

El joven lustrabotas alteño recibe el pedido (casi una orden) de buscar a su tío, músico de una banda de morenadas, en el Averno; más que un bar, el último escalón antes del infierno. Y la búsqueda de Tupa es el viaje que finalmente hacemos los espectadores desde las butacas.


Sin entenderlo bien, como el propio Tupa, y apenas guiados por intuiciones y urgencias inesperadas, en Averno caminamos a tientas entre lo real y lo imaginario, y  al hacerlo nos vamos reconociendo e identificando.

Las imágenes, los miedos y los presagios que hacen parte de nuestro mundo personal toman  forma en sus escenas y empezamos a encontrarnos  no solamente en las calles y las atmósferas profundamente paceñas, sino en la propia historia. El viaje pendiente finalmente se concreta.

Averno es la mejor de las películas de Marcos Loayza hasta ahora.  Una muy buena historia  acompañada de una buena dirección artística y fotográfica. Las actuaciones, la edición y la banda sonora completan la apuesta, que es arriesgada. Afortunadamente arriesgada.

Loayza dice que ha pensado este guión por más de 10 años y que ha invertido tres en hacer la película y es algo que se nota: las escenas son bien cuidadas, trabajadas con precisión y esmero. Casi poéticamente.


En Averno hay una aventura que no permite distracciones. Se trata de una búsqueda y una persecución en las que la realidad y la imaginación recorren un mismo sendero. Como en una película de ficción a las que nos tiene acostumbrados la industria de Hollywood, en Averno se vive el vértigo del peligro, pero a diferencia de las grandes producciones de héroes inmortales y chicas hermosas, lo que seduce al espectador es la inesperada aparición de personajes que son en realidad encarnaciones de los mitos que alguna vez -o siempre- poblaron nuestros sueños o pesadillas. 

“El cine es un arte compartido, es un arte de autor, no en sentido de que la hace un individuo, sino en el sentido de que muchos trabajan para darle a la obra autonomía, para que la obra solo pueda rendir cuentas a la obra misma”, dijo el director en el estreno. Y fueron sus palabras, premoniciones constadas en los siguientes 90 minutos. Esta película subyugante arranca con buenos augurios un nuevo año para el cine boliviano; y el mejor para su creador, Marcos Loayza.

Verla es un placer. Es un alivio.

Roberto Dotti, el Deber


“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”,  avisa Proust. La mirada interior. La que redescubre quiénes y hasta dónde somos.
El director Marcos Loayza rinde tributo a la metáfora en distintos niveles de interpretación. El Averno es un lugar difícil de llegar. Tal vez con salvoconductos, con trampas o alguna genialidad como la superación, podría intentarlo exitosamente. La duda se dispone al juego de saber cómo después salir.
Si el director había prometido una película distinta, lo ha logrado. Loayza ha superado el reto.
La noche paceña tiene sus vericuetos y más si lo condimentas con una historia de aventuras en la piel de Tupah (Paolo Vargas), un joven lustrabotas que busca a su tío músico para encargarle un trabajo del día siguiente. Tupah se transforma en un héroe inocente por un lado y valiente por otro, que recorre ambientes extraños, pasadizos, puentes, túneles, construcciones abandonadas, sitios oníricos con personajes fantásticos, algunos más conocidos que otros. Tupah recorre un camino plagado de peligros, atajos e intersticios para salvar su pellejo.
Personajes míticos y oníricos, extraídos de la historia paceña, recorren un guion claro que sostiene la narrativa hasta el final. Jaime Sáenz, Santiago y su caballo blanco, el lari-lari, el anchanchu, le ponen carne a esta entretenida aventura.
El tratamiento narrativo se hamaca entre el humor, la ironía y la credibilidad de una realidad que se esfuma en cada esquina. Pero que también recupera a cada paso la intriga de lo que va a venir. Los escenarios ayudan a multiplicar las interpretaciones icónicas y simbólicas. Un dedicado  trabajo de vestuario y fotografía enmarca la historia en un relato ágil y entretenido.
Una puesta que sorprende en el cine nacional y marca un antes y un después en el cine del autor.

Walter Mur




Imagine usted un viaje profundo en busca de uno mismo. Imagine un mundo al que se llega bajando gradas y abriendo puertas que llevan a escenarios inesperados. Imagine que su vida transita por callejuelas y recovecos. Imagine además que usted vive rodeado de gente, pero que en el instante de la decisión está solo. Eso es Averno, la nueva película de Marcos Loayza: el delirio de la soledad en el momento de la verdad.
 
Atrapa y no da respiro. Está llena de susurros, de personajes reales que parecen seres fantásticos, y viceversa. Un aguzado espectador encontrará en sus escenas decenas de símbolos, mensajes auditivos y metáforas visuales que rompen esquemas y atrapan la atención. Difícil escapar al hipnótico sueño de 90 minutos que propone su director.
Si un mensaje queda al final, es que a veces hay que atravesar largas noches y descender a lo profundo para encontrar respuestas a la propia vida. Para hacerlo, se necesita dejar los miedos atrás. Quizás sólo sea cuestión, como dice alguien en la película, de quitarse las máscaras y abandonar la piel.
FelicidadesMarcos Loayza Montoya y Alma Films. Dan ganas de verla una y otra vez...

Pedro Susz K

Averno

En síntesis Averno empata en el resultado las no pocas ambiciones de partida en una película que torna a elevar el listón para la producción fílmica nacional.

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico / La Paz
03:13 / 17 de enero de 2018
Cine ante todo de personajes, el de Marcos Loayza ejercita una mirada inconfundible, en el tono y la forma, acompañándolos por las orillas, que no necesariamente por los márgenes, de una realidad diseccionada con a menudo esperpéntico humor blandido a manera de bisturí para rasgar las apariencias de cómo creemos ser tentando ir al encuentro de qué y cómo somos de veras.
Ese cine funciona por ende en el modo de un espejo de feria retándonos a entrever en tal imagen trastrocada los rasgos que cómodamente optamos por enmascarar a fin de escabullirnos del engorro inherente a toda introspección individual y colectiva. No es empero, la de Loayza, una filmografía sentenciosa con ínfulas de sermonear ni cosa por el estilo. Es cine en el sentido esencial de instrumento expresivo para una sensibilidad particular preocupada por obtener el debido equilibrio entre lo narrado y la manera de narrarlo, procura casi siempre alcanzada en sus cinco largos precedentes —inscritos de manera ya indeleble por mérito propio en la historia del cine boliviano contemporáneo más ponderable—, y que en este sexto opus vuelve a redondear mayormente tal empeño, propio por añadidura de una obra de autor, en el alcance que el término solía tener antes del embrollado tiempo que hoy nos zarandea.
Si en Las bellas durmientes el realizador se autoimpuso el desafío de contar un policial desentendiéndose de las fórmulas estatuidas por el género: acción, movimiento, violencia a destajo y tramando de tal suerte un thriller frío, por definirlo de alguna manera, en la oportunidad el reto, de igual modo asumido de manera deliberada, estriba en ambientar el relato exclusivamente en entornos nocturnos.
La noche, esa orilla del misterio, de lo desconocido, del sueño y la pesadilla, cobija la historia del lustra Thupa en su excursión al Mankapacha, el mundo de abajo en la cultura aymara, el cual no equivale, como equivocadamente suele creerse, al infierno de los occidentales, error al que en alguna medida induce el propio realizador con el título adoptado para su trabajo, si bien este último alude asimismo a un otrora renombrado y temido tugurio paceño de un par de pequeños ambientes habilitado en la plaza Belzu de la zona de San Pedro que solía frecuentar, entre otros, Víctor Hugo Viscarra, cuya obra habrá de seguro atendido a los consejos del “tío Supay”, el cual, juran los exparroquianos, “despachaba” en uno de aquellos cubículos.
Al igual como el párrafo inicial —si me apuran, la primera oración— de una novela posee importancia clave para enganchar el interés del lector, los primeros minutos de cualquier relato cinematográfico pueden predisponer asimismo de distinta manera el ánimo del espectador. La narración de Averno debe remontar en tal sentido un arranque remolón e inconvincente. Se sobrepone con creces es cierto no bien Tupah, el protagonista, sale en busca de su tío Jacinto, emprendiendo su periplo iniciático hacia el otro lado de la luz, esto es al encuentro de la noche y del rostro oculto de una La Paz donde cohabitan la brutalidad desatada y el asombro incesante, el miedo y la interrogación infinita del misterio.
Después de salvar momentáneamente el pellejo acabando con el “príncipe de la noche”, Tupah se adentra en un mundo por el cual circulan entremezcladas las criaturas del imaginario mítico popular: el anchancho, el lari-lari, el kusillo; los visitantes que allí eligieron establecerse: Jaime Saenz; y los espectros alcoholizados de innumerables fugados del mundo real hacia las sombras del lado desconocido, que es el del otro rostro de cada quien.
Con la llegada del alba, convencido finalmente el tío Jacinto de atender sus quehaceres profesionales, un ciclo se cierra. Mas nada concluye, la vida reemprende su andar a plena luz del día en espera de un nuevo anochecer que volverá a franquear las puertas de ingreso al arcano profundo de una sociedad desdoblada entre el ser y el parecer.   
La proverbial puntería observadora del realizador para aprehender del ingenio popular los dichos y los gestos que, privándose de subrayados prescindibles, van definiendo el carácter y el comportamiento de vastas capas de la comunidad, aflora otra vez entretejiendo momentos y circunstancias en un relato donde el humor agridulce juega un papel esencial sin necesidad de incurrir en la caricatura.
Arquitecto y dibujante compulsivo Loayza extrema siempre el cuidado figurativo de su puesta en imagen, con frecuentes remisiones a la obra de las notabilidades de la plástica nacional. En Averno, no obstante algunos engolosinamientos que bien pueden disculparse, la notable ambientación es, por decir lo menos, impactante sacando el mejor partido posible del aprovechamiento de los rincones de una ciudad donde pasado y presente colisionan e interactúan en la configuración de su singularidad impar. De hecho el tratamiento visual, compone en virtud de la brillante dosificación de la luz y de la paleta cromática una atmósfera atrapante enriquecida, al igual que en sus realizaciones precedentes, por la intervención de la cámara, la cual lejos de limitarse a observar pasa a ser otro protagonista esencial en la construcción del ritmo narrativo.   
Loayza saca invariablemente cara por los antihéroes, sin dejar por ello de reservarles su buena dosis de sorna, tal cual corresponde a un escéptico integral. Lo eran, antihéroes digo, en Cuestión de fe/1995 el santero Domingo, su compadre Pepelucho y el blufero Joaquín, dueño de La Ramona aquella semidestartalada camioneta, a bordo de la cual emprendían viaje hacia los Yungas —y al encuentro de ellos mismos como es propio de las películas del camino— para entregar la virgen encargada por un oscuro personaje, eventualmente ligado al tráfico de drogas.
Lo era de igual manera en El corazón de Jesús/2004 Jesús Martínez empleado público forzado por un repentino síncope al chanchullo para sobrevivir frente a la trituradora burocrática y a la súbita deserción de su mujer. Y lo era desde luego en Las bellas durmientes/2012 el cansino cabo policía “Quijpe” afanado, a despecho de la corrupción y la incompetencia institucional, en develar los crímenes contra algunas magníficasentre bambalinas de la sofisticación de pacotilla de los nuevos ricos cruceños.
Y es asimismo por supuesto un antihéroe Tupah enfrentado de pronto a los mayúsculos riesgos para sobrevivir al acoso de todos los pandilleros confabulados en ánimo de vengar la muerte de aquel príncipe de la noche mientras debe al mismo tiempo confrontar sus pavores aferrándose al puro instinto de supervivencia.     
Cine de personajes, quedó anotado, y este solo funciona si los intérpretes funcionan a su vez. Con un elenco en el cual alternan actores de experiencia y debutantes absolutos Loayza obtiene de casi todos ellos la pareja  eficaz composición indispensable en el propósito de evitar la sobreactuación a la que en muchos casos predisponían sus complejos papeles. Mención especial para Paolo Vargas (Tupah), Alejandro Marañón (lari-lari), Adolfo Paco (Tío Jacinto) sin menoscabo de la faena del resto.
En síntesis Averno empata en el resultado las no pocas ambiciones de partida en una película que torna a elevar el listón para la producción fílmica nacional, urgida de renovados impulsos a fin de salir del letargo predominante en buena parte de sus emprendimientos recientes más allá de un crecimiento cuantitativo sin equivalencia, salvo contadísimas excepciones, en materia de calidad.
Ficha técnica
Título original: ‘Averno’
Dirección: Marcos Loayza
Guion: Marcos Loayza
Fotografía: Nelson Wainstein
Edición: Fabio Pallero Arte: Abel Bellido
Escenografía: César Mamani – Música: Federico Estrada, S. Moreira Casting: Patricia García
Sonido Directo: Sergio Medina Producción: Alma Films, Santiago Loayza Grisi, Alvaro Manzano, Ángela Vargas
Intérpretes: Paolo Vargas,  Franco Miranda,  Raúl Beltrán,  Rosa Ríos, Miguel Ángel Estellano, Álvaro Gonzales, Percy Jiménez, Adolfo Paco, Marcelo Bazán, Lia Michel, Toto Tórrez, Chubi González, Fred Núñez, Leonel Fransezze, Sidney Sánchez, Freddy Chipana, Alejandro Marañón, Luigi Antezana, Bernardo Rosado, Roswita Huber, Miguel Vargas, Raul ‘Pitín’ Gómez 
URUGUAY-BOLIVIA/2017

Ricardo Bajo

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo H. / Crítico / La Paz
03:20 / 17 de enero de 2018
Averno abre con una cita de Proust que dice así: “El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”. Y termina con una dedicatoria personal y subterránea: “A mi madre”. La nueva y rica película de Marcos Loayza arranca con dualidades por todo lado, con luces y sombras, con las dos caras por doquier, con el bien y el mal, con el deseo y el miedo, con lo complejos (y maleantes) que somos todos en la noche (paceña), con las dos ciudades. Ninguna mejor que otra, ninguno mejor que otro, porque somos lo mismo. Y termina con la madre lejana, con la madre soñada, difunta, invisible (la de Odiseo, la de Marcos, la tuya, la mía).
Averno es Murnau en La Paz, es una película expresionista alemana trasplantada en el tiempo y el espacio a través de los variopintos personajes paceños del inframundo de ayer, de hoy y de mañana, de la religiosidad y la cultura popular; todos bajo una representación y dirección actoral sumamente teatral (rasgo del género expresionista manejado por un director que ha pasado con nota también por el teatro).
El Tupah es un lustra que baja a los infiernos y abre puertas; es un sabedor de que todos lo cagan (jailones, pacos, thineros, el averno somos nosotros); es un Quijote solitario, a ratos acompañado de su Sancho Panza, el Caras que aparece fugazmente para luego ser extrañado. El Tupah (la actuación de un gran Paolo Vargas es contenida, evolucionada y medida a la perfección) es un personaje de cuadro de Goya, de Greco, es un chango que grita para sobrevivirse como en una pintura de Munch. El Tupah es el sueño que se ayuda.
Averno es la película que quisiera hacer el Tim Burton más macabro, personal y grotesco, su proyecto secreto de película B rodada clandestinamente en el infierno oscuro de La Paz, una ciudad que no existe, una ciudad que se escribe, se filma y se inventa así misma desde los subsuelos, desde los que viven abajo.
Dice casi al final el personaje de Adolfo Paco (uno de los muchos redescubrimientos actorales del filme): “Los muertos no dan explicaciones”. Averno, tampoco. Dice el escritor alemán Kasimir Edschmid: “El expresionismo no mira, ve; no cuenta, vive; y no encuentra, sino busca”. Averno también anhela una vuelta de tuerca en la cinematografía de Loayza, es un giro copérnico para volver a la misma historia, a tipos que buscan. Si el Tupah baja y se salva de la obsesión, de la condena, de la profecía y de su propio destino (iba a morir esa noche), Loayza también desciende a las tinieblas para reinventarse sin traicionarse, para madurar y señalarse un camino, para plantar cara(s) ante el reto, para levantar una obra profundamente boliviana que bebe de todas las fuentes (los guiños literarios y cinéfilos son casi infinitos).
Pero no se equivoquen los pendejos, Averno, a pesar de sus capas y más capas (de múltiples lecturas), es poliédrica. Se puede disfrutar también sin elucubraciones sesudas de críticos pajeros (perdón por la redundancia) porque también es una pinche “peli” de viaje (interior, valga la redundancia), de aventuras. Es una road movie ritual por tugurios con golpes y más golpes y muchos tipos y tipas vestidas de negro, malos malotas, malandros todos.
También es cierto que en el medio del titánico desafío de construir un universo, el autor pierde potencia narradora pero a quién le importa si de pronto suena otro bolero de caballería. También es verdad que podía estar sobrando el bueno de Jaime Saenz, a estas alturas una postal para turistas. Tampoco se puede soslayar ni nombrar a todo el reparto y a toda la ficha técnica: desde la producción de Santiago Loayza a la dirección de fotografía de Nelson Wainstein; desde el sonido de Sergio Medina a la hermosa escenografía de Abel Bellido. Son muchos y serán olvidados pero siempre tendremos al Tupah y a sus cuatachos lustras contentos de verlo resucitado y reencontrado. Y con eso nos bastará: todo será, todo seda.
Tengo el “tinkazo” de que la séptima película de Marcos Loayza (tenía que ser la séptima) con los años (por las razones apuntadas y miles más) se convertirá en una ceremonial y visionaria película de culto, inentendible más allá de nuestras vigas. Se transformará en un lúcido ensayo sobre nosotros mismos, sobre el ser boliviano, dual por naturaleza, sobre la necesidad de nuevos pequeños “héroes” anónimos entre tanta grandilocuencia trágica y aburrida: todos los Tupah que mirarán con nuevos ojos ya estaban en la sala oscura de aquel cine en enero de 2018.Post-scriptum: ¿Por qué las películas más oscuras de nuestro ultimísimo cine (Viejo Calavera y Averno) han sido las más brillantes, luminosas y esperanzadoras? ¿por qué no hay medias tintas con ambas dos? ¿por qué las amas o las odias? Porque son mellizas.

martes, 16 de enero de 2018

Enrrique Mendieta

* Enrrique Mendieta
Comunicador Social
La última película de Marcos Loayza (Cuestión de Fe, Corazón de Jesús) recientemente estrenada en nuestra ciudad, hará vivir, a quien asista a verla, un cúmulo de experiencias y sensaciones que pocas veces tendrá la oportunidad de experimentar al ver un filme nacional.
La obra hace referencia a una cultura paceña arraigada entre la muerte y el alcohol, dos de los elementos más abordados por la literatura de Jaime Sáenz, a quien se hace referencia en la cinta de Loayza como un personaje más de este mundo de fantasía -realidad.
La película narra el viaje de Tupah (Paolo Vargas), un joven que reside en la ciudad de El Alto y que trabaja como lustrabotas, que se verá involucrado en un viaje, por encargo, a lo más profundo de la urbe paceña para buscar y rescatar a su tío.
En este viaje al estilo Mago de Oz con matices y personajes mitológicos de la cultura andina - amazónica, el espectador se encontrará con diversos escenarios y locaciones que acompañados de una buena fotografía (Nelson Wainstein), una excelente dirección de arte (Abel Bellido) y varios puntos altos en actuación y construcción de personajes hacen de Averno, un producto “for export” para disfrutar.
Averno, nombre que hace referencia a un bar que representa a un mundo donde conviven vivos y muertos, es una invitación para sumergirse en una noche paceña previa a la fiesta de Todos Santos con encantos, perdiciones, creencias, miseria, miedos y deseos.
Loayza, quien dedicó mucho tiempo a la elaboración y preproducción del filme, acentúa su característica de excelente narrador de historias, esas que en los últimos años hicieron falta a nuestro cine y que los jóvenes que se dedican al mundo audiovisual dejaron en segundo plano, priorizando la estética y la técnica sobre la narrativa.
Averno se convierte así en el primer estreno nacional del 2018, año que apunta a consolidar a varios autores que se encuentran en producción y posproducción de sus películas como Juan Carlos Valdivia o Rodrigo Bellot y otros que están por estrenar sus cintas en nuestro país como el cochabambino Martín Boulocq.
Por más Avernos, vamos todos a apoyar el cine nacional.

Adrián Nieve

En Bolivia se habla mucho del folclore y las tradiciones. Todas aquellas características propias de la historia de quienes habitaron este territorio y que ahora son, más que nada, mostrados en las danzas del carnaval, los museos que extranjeros visitan y en la obra de uno que otro autor que lucha contra la marejada de influencias globalizadoras que, poco a poco, fuerzan el olvido de estas historias inmersas en nuestro folclore. Quizá por eso creo que el mérito más grande de la película Averno, dirigida por Marcos Loayza, es el haber investigado tanto acerca los seres míticos dentro nuestro folclor para recuperarlos en una historia que supo darles la justicia visual que se merecen.
Admitiré que a mi gusto Averno es un filme desigual. Me gustó la historia, quedé fascinado con ciertos momentos y, particularmente, me gustó que Loayza haya traído una perspectiva diferente a cómo vemos las cosas que nos hacen bolivianos. Quienes vivimos acá, sabemos que nuestro cine (y casi toda forma de arte) ha pasado muchísimo tiempo tratando de explorar la identidad de sus habitantes. Algunos se han valido del indigenismo, otros de eventos histórico-políticos importantes, los más han tratado de narrar historias en la clave bohemia que se ha hecho tan característica de la ciudad de La Paz y su partida de míticos borrachines, cuyos miembros más “pop” son el ilustre Jaime Saenz y, también, Víctor Hugo Viscarra. Somos un país que no encuentra del todo su identidad en el arte y la sigue reafirmando en casi todos sus productos. Averno no cae en esta trampa que ya podría llamarse costumbre. Averno rescata personajes de la mitología boliviana y los transporta a una ciudad que es, y no es, La Paz. Con las cámaras nos presenta un lugar nuevo, lleno de bares fantásticamente decadentes y recovecos ocultos que terminan de establecer una ciudad tan mítica como los personajes que la habitan. Y eso es un deleite tanto para quienes están aburridos de encontrarse con otro intento más de definir a La Paz como algo que quizá no es, cómo para quienes disfrutan de un genial trabajo de fotografía que les permite prestarse los ojos de otra persona y desconocer la ciudad que cada día transitan. O conocerla sin hacerlo, como de seguro sentirán quienes vean la película y luego visiten este lugar (o viceversa).
Pero no es la ciudad el foco principal de Loayza. Son los personajes. Una galería amplia y colorida, sacada de los mil relatos orales y escritos que el director estudió para poder desarrollar durante diez años lo que viene a ser un museo dinámico; más un festín para la imaginación y los ojos detallistas. Pero dije desigual pues, si bien el filme tiene tantas virtudes, también falla a la hora de creer en sí mismo. He seguido la carrera de Loayza desde que a mis 9 años vi su opera prima Cuestión de Fe (1995) y siempre me han encantado las historias que elige contar y cómo las cuenta. Me atrevo a decir que es una de las voces más frescas y osadas en Bolivia… pero creo que alguien debería decírselo.
En Averno tuve la misma impresión que cuando vi Las Bellas Durmientes (2012): algo falta acá. Era como si el narrador no confiara en su propia voz. Y en Averno eso es terrible, pues esos pequeños momentos de diálogos dudosos y saltos en la trama me sacaron del ambiente visual que Loayza y su equipo lograron crear. De acuerdo, no toquemos la historia, hablemos a nivel visual. Si bien el diseño de cada escenario y los disfraces se sienten impecables, los planos de los que se vale Loayza terminan por quitarle intensidad a los momentos más geniales. No sé si quería que nos enfoquemos en el todo, digamos la interacción del escenario con los personajes, pero me faltó ver más de cerca a estos. No tanto para mirar mejor sus disfraces, cómo para sumergirme en ellos y sus diferentes perversidades morbosas, sus expresiones, sus miradas, visiones más viscerales de personajes tan fantásticos como grotescos. Algo así como lo que logra Nicholas Winding Refn, quien podría aprender de la forma en que Loayza crea sus historias, así como Loayza podría imbuirse un poco de cómo Refn está tan convencido de su propia voz.
Por suerte Averno siempre se recupera. Cada vez que algo me sacaba de la película, o me generaba cierta molestia, no pasaba mucho hasta que se creaba otro momento, o situación, o personaje, o giro, que me devolvía a la película. Sí, admito que dolía más cada que pasaba de nuevo, pero el resultado final fue lo suficientemente entretenido como para salir conforme del cine. Y es gracioso porque si bien sales conforme, no pasa mucho hasta que te sientes feliz de saber que Loayza cada vez gana más confianza en su voz, que el cine boliviano está una nueva etapa como ya confirmaba el film de Kiro Russo en su Viejo Calavera (2017). Luego, esa felicidad se torna en un escozor de volver a ver la película para encontrarle más detalles y, mientras escribo esto, me encuentro a mí mismo dueño de un deseo poderoso que quiere a un Loayza que se anime a sacar un libro con toda su investigación y detalles de producción, tan bellamente ilustrado como su película. Para los que queremos más de sus personajes, para los que disfrutamos aprendiendo de mitología, aunque sea para que el mundo conozca algo de los seres míticos bolivianos.

lunes, 15 de enero de 2018

Andrés Canedo

AVERNO
Cine Boliviano
Dirección: Marcos Loayza
Orfeo viaja a los infiernos con el objeto de rescatar a su amada; Tupah, viaja al Averno para rescatar (traer) a su tío, el músico de una banda; una banda de música (metales y percusión) en el más puro sentido boliviano. Ambas historias, aunque con este rasgo que las acerca, son en realidad muy distintas y con finales opuestos. El infierno de Orfeo, era un verdadero Hades; el Averno de Tupah, es un bar que, sin embargo, es el infierno.
Tupah, es un joven lustrabotas, hijo de una chola, que empieza teniendo una pesadilla, sin saber que al día siguiente se sumergirá, consciente, en otra, más terrible, más asombrosa, en la que varios seres malignos le anunciarán su muerte para el fin de la jornada y, otros, benignos, tratarán de protegerlo, tránsito que él realizará, a través del submundo de la noche paceña, protegido sobre todo por su absoluta inocencia. Es que la orden perentoria que le da ese personaje influyente, ligado con la policía, de buscar y traer a su tío el músico, alcohólico consuetudinario, no admite vacilaciones. Así lo veremos deambular a través de los meandros de la noche por los lugares más terribles de La Paz. En este largo viaje hacia la noche, se enfrentará a las situaciones más tremendas y recorrerá una escenografía surrealista encontrándose con personajes de la mitología aymara que son apariciones insospechadas y que él resistirá con la fuerza de su candor. También, personas reales, las putas por ejemplo, lo protegerán mientras se dirige hacia su destino en el Averno. Son las estaciones de ese tránsito, las que colman de belleza a la película, en un recorrido por lugares y personajes que nos sacuden no por su irrealidad, sino porque nos recuerdan, aunque lejanamente, situaciones que nosotros mismos hemos vivido. Dos momentos notables son, por ejemplo, ese caminar esquivando las máscaras diseminadas en el piso, o el bar con el piso líquido, en el que los bebedores chapotean, lleno de la cerveza que ellos mismos brindan como homenaje a la Pachamama. Mucho de lo que sucede en esa noche, nos lleva al recuerdo de imágenes, o más bien de emociones, que quedaron en nuestra memoria de los espacios en que transcurre Felipe Delgado, la novela de Jaime Sáenz. Es más, uno de los personajes de la película durante este tránsito, es don Jaime, cuya caracterización nos recuerda imperiosamente al citado poeta, experto, lo sabemos, en los misterios más oscuros de la noche paceña. Si la escenografía, dentro de su refulgir tenebroso es deslumbrante, también lo es el vestuario de los habitantes de los bares y la actitud de los personajes allí mostrados, a veces hierática, a veces congruentemente absurda, a veces aterradora.
Finalmente Tupah, ya en el fondo del Averno, se enfrentará a Kusillo para decidir su destino. Sería inútil tratar de desentrañar las razones últimas de este enfrentamiento (si bien se nos hace claro que es la condición necesaria para llevarse al tío) pues el Kusillo, que hasta donde sabemos es una especie de bufón alegre, oficia aquí como el príncipe de los infiernos. No es posible establecer una ilación lógica en los sueños y la película de Loayza, de alguna manera, es también como una pesadilla. Todos los personajes (algunos que responden a la realidad y otros que están apenas en el límite de la misma e incluso más allá) están muy bien actuados y Tupah (Paolo Vargas) nos pareció impecable, sobre todo en su capacidad de transmitir una inocencia que lo cubre y lo protege, que le brinda invulnerabilidad, en medio de los terribles sucesos que le acontecen. De los otros actores, sólo pude reconocer a Fred Nuñez y Cacho Mendieta (los créditos sólo aparecen al final y no es posible recordarlos) pero la actuación, en general, no muestra grietas. La iluminación es también notable y hace posible el generar ese ambiente onírico en el que transcurren las escenas. No es mi oficio y no podría hablar con conocimiento de encuadres, planos o secuencias, pero a mí, como espectador común, me parecieron justos. Es que la película es prolija, elaborada con la pasión y la constancia de un artesano. Había visto antes dos obras de Marcos Loayza, las dos abundantemente premiadas: Cuestión de Fe y El corazón de Jesús. Sin embargo, tengo la impresión que Averno es una obra mayor, por su precisión, por sus detalles laboriosos, por su belleza visual y por su historia inusual que nos atrapa y nos hace verla, durante todo su transcurso, con absoluto respeto. En eso se fundamenta, pienso, su universalidad, a pesar de ser tan intrínsecamente paceña. Uno sale del cine meditando y, si se me permite la expresión, “en estado artístico”, que es, de alguna manera, un estado de gracia debido a los dones recibidos. Hay que verla, es necesario, es imperativo, para enfrentarse a una notable experiencia espiritual que nos llega a través de los sentidos.
Aunque hace muchos años que no nos vemos, he sido, soy, amigo de Marcos Loayza. Es por eso, que a pesar de mi situación que me obliga a ahorrar cuanto se pueda, decidí ir al cine, brindarme un premio y una satisfacción que me los merezco; eso me dije y no me equivoqué. Fue también la intuición la que me impulsaba a ir a ver esta película. Y ese fenómeno, no racional, me recompensó abundantemente, como cuando intuíamos que nos encontraríamos con una mujer hermosa en todos los sentidos y que la vida, como consecuencia de ello, nos honraría con su maravilla.
Andrés Canedo
Alfonso Gumucio Dagron 

El Averno era un bar de mala muerte en el  barrio Belén, en la zona de San Pedro, creo que en el callejón Belzú, cerca de la Illampu, donde solíamos ir de vez en cuando para sentirnos mejores discípulos de Jaime Saenz. No sé si ese era su nombre porque no tenía letrero. Recuerdo que para ingresar había que agacharse para pasar la pequeña puerta de madera y bajar un tramo de gradas que descansaban en un espacio con una veintena de mesas de madera desnudas y manchadas. No fui asiduo del lugar porque nunca me gustó mucho el alcohol, ni siquiera la cerveza, pero confieso que alguna vez terminé pasado de copas y dormido debajo de la mesa después de alguna larga discusión sobre literatura.  

Jaime Saenz tenía la culpa porque había agrupado (sin querer) en torno a sí  un círculo de admiradores incondicionales y creado un mundo literario embriagante de misterio y de muerte, atractivo para los que teníamos una veintena de años y muchas ganas de escribir. 
Esta introducción es necesaria para hablar de Averno (2018) el más reciente largometraje de Marcos Loayza, una de las obras más sorprendentes del cine boliviano en varias décadas. 
Hablar de Saenz tiene mucho sentido no solamente porque aparece como personaje en la película y porque cada escena parece ser un homenaje a la atmósfera onírica de su obra poética y narrativa, sino porque además Jaime era un apasionado de la imagen, elaboraba los collages de las tapas de sus poemarios, dibujaba calaveras y otras cosas, y quizás hubiera sido cineasta si nuestro cine hubiera estado más desarrollado cuando él era joven. 
Su trabajo poético es sin duda cinematográfico en muchos sentidos, y quién mejor que Marcos Loayza, un dibujante compulsivo, creador las 24 horas del día y de la noche, para recrear esa atmósfera desbocada, tan delirante y  sobrecogedora como atractiva y seductora. 

Sin embargo, la cita que abre el filme es de Proust, no de Saenz: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”. 
Tupah es un joven lustrabotas de 18 años de edad que vive en El Alto y “baja” a La Paz cada día para trabajar, o más bien, para encontrarse con su grupo de amigos del mismo oficio, que parecen no moverse de la misma esquina todos los días, como compelidos a ello por una fuerza invisible similar a la de El ángel exterminador de Buñuel. 
Ese día, y no otro (esto es fundamental), recibe 200 bolivianos y la oferta  de otro billete igual si logra encontrar a su tío Jacinto, músico de tuba en la banda Fusión Los Andes para tocar en el entierro de un militar. Para buscar al tío Jacinto Vino Tinto Tupah se adentra en la noche de los lugares más escabrosos que hubiera podido imaginar. En realidad, cruza el umbral de una dimensión paralela donde la vida y la muerte se encuentran. Pareciera una pesadilla, pero no lo es, porque todo lo que Tupah vive es real, es experiencia vivida de un mundo nocturno amenazante, poblado de personajes extraordinarios y de símbolos que saturan el filme sin darnos mucho tiempo para desentrañarlos.

Es una obra barroca, magníficamentefotografiada (Nelson Wainstein), con decorados  (Abel Bellido) muy elaborados y significativos (con una venia al cine expresionista alemán), vestuarios pensados hasta en el último detalle (Valeria Wilde), un trabajo novedoso en la banda sonora (en dos secuencias la radio parece dialogar con los personajes, algo nunca antes “oído” en el cine boliviano) y escenas que una tras otra nos transportan a dimensiones más complejas, como en un juego de Internet en el que hay que superar las primeras pruebas para pasar a un nivel superior. 
Tupah las supera todas (menos las preguntas kitsch que le hace el anchanchu de la mitología minera, personaje tan extraño como jocoso, que sale de un pequeño socavón) en una persecución que no cesa, atravesando umbrales hacia mundos paralelos donde enfrenta bandas de pandilleros delincuentes y aterriza en bares que sólo existen de noche, que detrás de la primera puerta, fachada o salón encierran, cada uno, otros espacios de atmósfera sorprendente, ambientes a cuál más denso y tenso: El Colosal, La Oficina, Nido de dragones y La Trastienda para llegar finalmente a El Averno, el infierno de donde no sabemos si saldrá con vida a menos que sea acompañado por la serpiente de fuego. Probablemente no, le dicen todos, porque mató al “príncipe de la noche” con una puñalada: “Esta noche morirás”. Ese camino sin regreso es el que caracteriza a toda la historia y justifica la frase de Proust, salvo el final, inexplicable aunque demasiado explícito. 

El lugar “real” en ese mundo onírico es la casa de Jaime Saenz, noctámbulo reconocido y conocedor de todo lo que pasa en la noche de Chuquiago, donde la figura de Santiago de los Caballeros es emblemática, al punto que Jaime Saenz mismo, en la escena siguiente, aparece transfigurado en Santiago para salvar a Tupah de la banda que lo persigue. Lo salvan también bellas prostitutas y una poderosa contrabandista, porque de alguna manera, para todos ellos, Tupah representa la tenacidad que ninguno de ellos tiene para llegar al final, al infierno, representado en El Averno (“Escupa antes de entrar”), donde lo mismo están burócratas corruptos que prelados de la Iglesia. 
Personajes como el anchanchu o lari-lari, Roberto Lara, o el kusillo de la batalla final consigo mismo, enriquecen ese fresco misterioso que parece reflejarse en los grafitis nocturnos de La Paz, que ya no miraremos con la inocencia de antes. 
El viaje que ha emprendido Tupah no es para cumplir un compromiso, como la narrativa lineal podría sugerir, sino un viaje de descubrimiento de sí mismo para salir de la mediocridad y de la monotonía de su vida. Su trayecto nocturno le permite encontrar en sí mismo una fuerza de voluntad que desconocía, un temperamento persistente y testarudo, que el personaje revela poco a poco sin necesidad de que el actor recurra a gestos grandilocuentes. Todo lo contrario, Paolo Vargas (Tupah) mantiene un registro de interpretación muy controlado, una suerte de Buster Keaton frente a la adversidad que tiene la certeza de vencer. 

El mundo onírico que nos ofrece Averno es subyugante, rompe con todo lo que antes pudimos ver en el cine boliviano, el registro realista se confunde con la narrativa onírica de tal manera que no se las puede separar.
 

Andrés Gomez Vela

Cuando Tupa cruzaba con sigilo, miedo e incertidumbre entre dos estrechos muros de cajones de cerveza en busca del Averno, percibí que la vida es un recipiente de alcohol en ese mundo donde la lujuria, la ira, la soberbia, la ilegalidad y la violencia terminan ahogando a seres ya ausentes en un bar que va camino a convertirse en una piscina de tragos amargos.


Marcos Loayza nos lleva en su nueva película a la ladera oeste de la ciudad de La Paz, por donde se descuelga El Alto y desde donde ostenta su poder económico (a estas alturas) la vieja burguesía chola, que baila y bebe hasta el éxtasis en honor a casi todos los santos, pero con especial preferencia a uno que está montado sobre su caballo y en quien deposita su fe para cristalizar hasta sus deseos non sanctos.

La obra cinematográfica transcurre en una larga noche paceña de realismo, surrealismo, realismo mágico, mito, simbolismo y alegoría. El Averno es una composición de fotografías, radiografías y ecografías psicosociales de una parte de la sociedad boliviana; una secuencia de escenas en las cuales el espectador si es paceño, identificará y se extenderá en míticos personajes regionales; si es de otra ciudad, conocerá la parte desconocida de un grupo social muy conocido; y si es extranjero, constatará el sincretismo religioso y el mestizaje cultural del occidente de Bolivia.      

La película comienza con una pesadilla del protagonista, Tupa, interpretado muy bien por Paolo Vargas, y termina con una simbólica y surreal pelea   Tupa vs. Tupa. La marcha fúnebre de apertura y de cierre subraya que no todo acaba con la muerte porque los que se fueron siguen presentes en forma de mitos, leyendas, “calaveritas” o mientras persistan en la memoria de los que se quedaron por ahora.


Particularmente, me causó gracia ver al Tata Santiago ebrio y algo desaliñado, el santo más venerado de Bolivia en cuyo honor fueron bautizados decenas de pueblos: Santiago de Guaqui, Santiago de Huari, Santiago de Huañuma, Santiago de Huata, Santiago de Bombori (y hasta Santiago de Chile, solía decir mi tío Natalio Vela, que era yatiri). 

Me lo imaginé en ese momento de la película, administrando milagros a sus devotos desde su papel de médico, abogado y militar, pero ya no pude imaginar si tenía algún método para seleccionar a  quiénes beneficiar y a   quiénes excluir de su bendición.

A ratos es agobiante y desesperanzadora la aventura de Tupa, tal vez por su inocencia y por los obstáculos que enfrenta para llegar hasta el Averno, que puede ser cualquier lugar y estar en cualquier parte a donde uno arriba al final de la noche y al principio del día después de intensas horas concupiscentes y bajo el peligro de eternizarse en aquel espacio sin tiempo ni espacio que no es el infierno, pero tampoco el cielo, menos el purgatorio.     


Loayza muestra, a través de sus personajes, que al final la vida consiste en saber decir no o sí y en la tenacidad de recorrer el camino elegido que, sin importar el destino, siempre estará plagado de buenas y malas personas y de circunstancias inesperadas. También consiste en decirse no o sí a uno mismo ante las tentaciones o debilidades, lo que está reflejado de forma simbólica en la pelea Tupa vs. Tupa.

Las escenas ensambladas entre el realismo y el surrealismo causan sensaciones (según el alma ambulante de cada quien) que pueden ir y venir entre la descarnada exposición de estereotipos de la burguesía chola como la ostentación, la borrachera y su poder económico acumulado no siempre sobre actividades legales; y la acertada reflexión sobre la religiosidad condenada al alcoholismo.

Sea cual fuere la sensación, uno sale de la sala con la impresión de haber visto algo que ya vivió, o ya conoció; o, finalmente, alguien ya se lo contó, pero no con la maestría de Marcos Loayza.

El Averno merece ser vista e interpretada, no sólo porque es una película nacional, sino porque es juicioso atisbar desde la butaca una parte del ser boliviano, en este caso, paceño.
      
Andrés Gómez Vela es periodista.